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Autor:  Antxón Sarasqueta  (antxon@sarasqueta.com)
Fecha:  Viernes 20 de abril de 2007
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El valor de una sociedad moderna

Casi el 70 por ciento de las españolas casadas o emparejadas no consideran que el matrimonio sea una institución anticuada. Se lo preguntó el CIS a casi 10.000 mujeres.

Uno de los principales poderes del ser humano es valorar cuanto sucede en su vida interior y exterior. Los medios de comunicación nos recuerdan todos los días que vivimos una realidad agresiva, pero no es lo mismo la agresión de un iracundo militante peneuvista a un miembro del Foro de Ermua, Antonio Aguirre, que una agresión del padre y entrenador a su hija una nadadora ucraniana por no ganar, como las que días pasados veían en televisión espectadores de todo el mundo.

Se mezclan imágenes y realidades diferentes en un mismo espacio temporal de actualidad, y las personas tenemos que discernir lo diferente de los casos y al mismo tiempo como afecta todo ello a nuestra convivencia y el clima social.

Cuando se agrede a alguien por el hecho de defender el valor de la libertad y la democracia frente al terrorismo u otras formas de totalitarismo, estamos ante un síntoma claro de brotes fascistas que en este caso se alientan desde el poder. Hay que saber valorar la gravedad de estas cosas y no hay que dudar en movilizarse contra ellas, porque si no lo hacemos veremos como la libertad se ve asfixiada cada día un poco más.

Esta capacidad humana de valorar lo que experimentamos siempre está sometida a una dura prueba, porque la realidad siempre es difícil. Todo lo importante es difícil, solía repetir un amigo que se fue.

En una sociedad moderna lo que tiene valor es la capacidad de desarrollar el potencial humano


Pero en la actualidad esa dificultad para categorizar lo que más valoramos, tiene dos condicionantes nuevos. Uno es la masa de información que nos llega y la alta velocidad a la que cruza nuestro sistema nervioso. Alcanza magnitudes proporcionalmente muy superiores a las de cualquier otra época del hombre.

Otro condicionante es el carácter coercitivo que tiene la mayor parte de la información que debemos valorar. Hace un rato leía una carta en un diario gratuito en el que el lector reivindicaba su papel de hombre. No ha agredido a ninguna mujer, no ejerce el “terrorismo machista”, no se siente inferior a ningún otro ser humano. Era un lector harto de esa ola informativa que trata de valorar a la mujer no por lo que vale como persona, sino por desvalorizar al sexo opuesto.

En una sociedad moderna lo que tiene valor es la capacidad de desarrollar el potencial humano, incluida la defensa de ese potencial frente a los enemigos de la libertad. En realidad una de las cosas que revelan las escenas de la agresión a Aguirre en Bilbao es la inadaptación del mundo nacionalista a una sociedad moderna y libre. Donde se respeta la ley y no se montan tumultos para coaccionar a los jueces, ni se excluye o expulsa a las personas de su propio entorno por tener creencias o una ideología diferente.

La sociedad moderna es todo lo contrario. Abierta, creativa, tolerante, pero al mismo tiempo donde se valora la firmeza de las convicciones. En una sociedad moderna no se valora el talante, porque a nadie se le ocurre exhibir un talante superior al de los demás, se valora la sensibilidad.

Una sociedad moderna es integradora y convivencial

En una sociedad moderna se desarrolla la capacidad de integración, y se rechaza la división y la confrontación. El multiculturalismo no es posmoderno es premoderno. No es moderno lo que diluye o acaba con la identidad de las personas y los pueblos para hacer una sociedad sin rasgos ni referencias claras. En una civilización moderna integrarse no es renunciar ni imponer, es convivir, y no se convive a guantazos o con una amenaza terrorista.

En un estudio del CIS sobre fecundidad y valores en la España del siglo XXI (Mayo 2006), me llamó la atención la siguiente pregunta: “¿Está muy de acuerdo, bastante, poco o nada de acuerdo con que el matrimonio es una institución anticuada”. El 68 por ciento de las mujeres encuestadas -el estudio era sobre un universo de 9.737 mujeres- respondió que poco o nada de acuerdo.

Mientras que el 22 por ciento decía estar muy de acuerdo o bastante de acuerdo con que el matrimonio es una institución anticuada. Sin embargo lo chocante era que que la referencia entre lo moderno o lo anticuado se sitúe en el matrimonio como institución. ¿Piensa alguien que el hecho de estar o no casados nos hace modernos o anticuados?

La modernidad no es cuestión de tiempo ni de estatus matrimonial, está en la libertad y en los valores de civilización que mueven el progreso humano. La modernidad es sustancial. Como la libertad. Lo insustancial es relativizar los valores que fundamentan a la sociedad moderna.

Artículo publicado el 3-4-07 en el diario La Gaceta de los Negocios
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