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Autor:  Antxón Sarasqueta  (antxon@sarasqueta.com)
Fecha:  Domingo 23 de julio de 2006
Categorías:  
Desfigurar la democracia

La guerra ideológica del siglo XXI pasa por desfigurar la democracia liberal para desestabilizarla y destruirla, como sistema y como Estado nacional.

“Después de cambiar la definición de matrimonio el gobierno socialista español está dispuesto a cambiar la propia definición del ser humano”.

Así resumía un medio norteamericano la presentación de la crónica de un veterano corresponsal en España sobre la última iniciativa socialista para otorgar derechos humanos a los simios.

Cambiar la definición y la naturaleza de las cosas forma parte del mecanismo diseñado para implantar un nuevo modelo de poder que sustituya la democracia liberal o lo que conocemos como democracia occidental. Proyecto del que los atentados del 11-M y la etapa de Zapatero no son más que una parte del todo global para fragmentar Europa, debilitar cada una de sus naciones, y romper sus vínculos con Estados Unidos. ¿En favor de qué y para qué?

Hacer que nos sintamos un problema por pensar en el bien y por defender la libertad, es hacer de nosotros mismos nuestro problema. Es una sencilla -y tortuosa- aplicación psicológica a la batalla ideológica


En favor de un nuevo escenario geopolítico en el que las democracias occidentales pierdan el poder y el liderazgo, y desaparezca su modelo de sociedad y estilo de vida. Ese es el primer y principal objetivo en el que confluyen proyectos que pueden ser heterogéneos en su génesis y naturaleza, pero que les mueve en la misma dirección la fuerza de un enemigo común.

Los proyectos de Eurabia como alternativa de árabes y europeos a la Europa cristiana, occidental y atlantista, el de la renovada Rusia imperial, y el de una vieja izquierda que aglutina todo el mundo radical de comunistas, socialistas, y movimientos anti-sistema, son convergentes. Comparten un mismo objetivo. Las minorías nacionalistas e independentistas no son más que aliados objetivos en un proceso de fragmentación del Estado y de ruptura del sistema político. Todos estos proyectos tiene en común además el uso del terrorismo como principal fuerza desestabilizadora contra los Estados democráticos.

Ese es el escenario en el que se viene dilucidando el futuro, una vez que el desmoronamiento del imperio comunista de la URSS, y la confrontación entre los dos bloques, dio paso a un nuevo orden global con un liderazgo hegemónico de Estados Unidos y las democracias occidentales.

En ese marco España es un campo de batalla de primer orden. Por lo que representa como nación en términos históricos, culturales, y religiosos, y por el éxito de su régimen constitucional de 1978 como fuerza catalizadora a nivel global en la modernización y revitalización de la democracia liberal y el atlantismo. Un buen ejemplo para los demócratas de Irak o los cubanos que esperan su propia transición democrática, y por esa razón un ejemplo a combatir por los terroristas de ETA, el radicalismo islámico, el laicismo anticlerical o la izquierda antiamericana. No es un choque de civilizaciones, lo es entre dos concepciones opuestas de la vida y del ser humano como las que representan la libertad y el totalitarismo.

“A todo se puede renunciar menos a la victoria”, dijo un dirigente tupamaro. Resumiendo así la esencia del 'ser' totalitario. El “todo vale”, “el fin justifica los medios”, y el “como sea”. El ser totalitario no tiene cara de demonio con cuernos, es amoral e inmoral. Eso es lo que le hace más peligroso, pues le basta con utilizar la renuncia como mecanismo de dominio. Renunciar a combatir por la libertad en Irak, renunciar a ser nación, renunciar a lo que nos define, renunciar a nuestros principios, renunciar a ser nosotros mismos.

Una democracia es un sistema configurado sobre fundamentos humanistas y morales, sobre leyes y reglas que dan unidad a un sistema de libertades, y sobre una nación cuya soberanía radica en cada una de sus personas. Por tanto, la desfiguración de cualquiera de estos perfiles, conduce a una desfiguración de la democracia. A su debilitamiento y descomposición, como sistema y como Estado nacional.

Se produce el mismo efecto que a la persona que siente alterada su personalidad y termina por verse desprovista de ella. Deja de ser ella misma, que es el objetivo de quienes persiguen que la democracia deje de serlo. No necesitan alarmar a la gente presentando una alternativa totalitaria, les basta con desfigurarlo todo para que la democracia pase a no ser nada. La sociedad empieza a creer que la paz se la deben a los terroristas que prometen no seguir atentando si se les da lo que piden, que un partido al que le votan diez millones de personas 'está solo', que el padre y la madre son solo progenitores, que un mono es como un humano, que la igualdad de derechos en el género humano es únicamente una cuestión de cuotas.

Occidente tiene que sentirse mal. Culpable. Tenemos que sentir interiormente que nuestro problema somos nosotros mismos. Para lo cual se nos quiere hacer creer que en lo que creemos es “trasnochado”. Defender la libertad y los derechos individuales tiene que representar “un obstáculo para los nuevos tiempos”, tener a las naciones más democráticas entre nuestros amigos debe verse como algo peligroso y del pasado (la foto de las Azores) mientras la alianza bolivariana de Castro y Chavez, u Otegi son el futuro. Hacer que nos sintamos un problema por pensar en el bien y por defender la libertad, es hacer de nosotros mismos nuestro problema. Es una sencilla -y tortuosa- aplicación psicológica a la batalla ideológica.

Todo lo significativo que acontece en nuestras vidas hoy y durante los próximos años, está directamente relacionado con esta batalla ideológica.

Artículo publicado el 2-5-06 en La Gaceta de los Negocios
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