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Autor:  Antxón Sarasqueta  (antxon@sarasqueta.com)
Fecha:  Martes 25 de abril de 2006
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Una sociedad alineada

La diferencia entre una persona y un ciudadano es la que hay entre un ser humano y un ente político. No es el ciudadano el que piensa y siente, es la persona. Los políticos y educadores que comparan la ciudadanía con lo que representan los valores morales y religiosos para el ser humano, están sustrayendo de la persona su ser, y por tanto su libertad. Propio del colectivismo marxista. La persona es un ser individual e indivisible, y el ciudadano no puede serlo porque su condición le hace parte de un colectivo.


Lo mismo ocurre con la llamada alianza de civilizaciones. Introduciendo este debate se trata de anular el de los valores democráticos y de la libertad. Si se debate sobre civilizaciones no se confrontan democracia, libertades, y derechos humanos, con los regímenes totalitarios. Las civilizaciones son figuras equivalentes, la libertad y el totalitarismo no.

El totalitarismo siempre trata de utilizar la imagen de nuevas etiquetas culturales y políticas para ganar terreno impregnando la sociedad de modas, conceptos, y leyes, que conformen un modelo social y político que le garantice el dominio, y por tanto el poder.

En las democracias de nuestro tiempo el totalitarismo conjuga dos vías para conseguir sus fines. El terrorismo para amedrentar o atenazar a la sociedad, y el alineamiento social. Las dos se dan en España, pero no es el único caso. La democracia liberal está hoy más amenazada que durante la guerra fría porque el enemigo está en casa. Y el que está fuera no tiene fronteras.

Oímos cada vez con más frecuencia hablar de pensamiento único. Es una percepción extendida porque obedece a la realidad. Parte de la población está dispuesta a ello, de manera consciente o no. La sociedad alineada es lo contrario de una sociedad crítica, que es el motor de la libertad y del desarrollo humano.

Como “paternalismo soft” es denominado ese modelo de gobierno que convierte a las personas en ciudadanos que llegan a agradecer que los poderes públicos hagan leyes y normas para que no se equivoquen. Son gobernantes y políticas que utilizan la debilidad humana para hacer cada vez más dependientes a los individuos de su control.

El mismo gobernante que desprecia la opinión de millones de manifestantes pidiendo que no negocie con los terroristas o que quieren libertad para elegir la educación de sus hijos, regala zapatillas deportivas en una campaña para que los jóvenes alquilen vivienda. No son actitudes contradictorias sino ideológicamente coherentes: la opinión de la persona no cuenta, lo que cuenta es su alineamiento social y su agradecimiento al poder.

El gobierno paternalista no admite que los padres puedan elegir la educación de sus hijos porque quieren ser más libres; quiere que le agradezcan que les regala unas zapatillas a sus hijos -con su propio dinero- como incentivo para buscar piso.

Como expresión del totalitarismo que es, el paternalismo de estos políticos y medios de comunicación, no se conforma con la cultura -y sistema- de la subvención, sino que tienen que dictar la formación de “buenos ciudadanos”. La expresión “buena persona” se ha sustituido por la de “buen ciudadano”.

No personas que piensen libremente. No una sociedad educada y crítica. Sino ciudadanos que sientan su impotencia para superar hábitos personales y agradezcan al gobierno por ayudarles a hacer lo que ellos no son capaces. Dejar de fumar, no comer alimentos que engordan, buscar casa, utilizar preservativos…

Recordaba el semanario The Economist en un reciente editorial sobre esta cuestión que el paternalismo soft utiliza además una “válvula de seguridad”. Los ciudadanos tienen que sentir que son libres. Y así, es: siguen siendo libres para rechazar las opciones que dicta el paternalismo del gobierno. Pueden seguir fumando o empezar a hacerlo si lo desean; los matrimonios pueden darse una segunda oportunidad antes de ir al divorcio express.

Sentirse libre y estar socialmente alineado no es contradictorio, y el paternalismo soft hace que lo uno refuerce lo otro. Se sienten libres quienes pueden elegir entre 100 canales de televisión, aunque el 90% estén cortados por el mismo patrón cultural e ideológico, emitan lo que emitan (fútbol, exhibicionismo, sucesos, pornografía). Denis Jeambar, el escritor y director del semanario L'Express, califica este alineamiento de “dulce tiranía” en su reciente libro 'Los dictadores del pensamiento'. La ilustración de la portada de esta obra de la editorial Gota a Gota es muy representativa de la sociedad alineada: personas de distinta raza, sexo, generación y estilo, todas en fila de a uno, unidas y con gesto solidario (todos con la mano sobre el hombro del que está delante).

No hay totalitarismo nuevo. Solo son nuevas sus técnicas y recursos. Con rostro paternalista o con cualquier otro, el totalitarismo es en sí mismo una ideología para anular la personalidad crítica del ser humano. El gobierno y sus medios piensan por ti. ¿Y que piensan? Que no pienses. ¿Pero no dijo Descartes que pensar era la prueba de que existimos? Por eso, si no piensas no existes. Serás un buen ciudadano.

Antxón Sarasqueta
Artículo publicado el 18/4/06 en La Gaceta de los Negocios

Artículo: Democracia de acero
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