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Autor:  Antxón Sarasqueta  (antxon@sarasqueta.com)
Fecha:  Jueves 16 de marzo de 2006
Categorías:  
Desnudar la verdad

Me tropecé con el ministro de Defensa al cruzar una sala central del Congreso de los Diputados, Agustín Rodriguez Sahagún, y nos agarramos por los brazos. El ambiente era de silencio tenso. Estábamos siendo objeto de un secuestro por parte de unos militares sediciosos y de un golpe de Estado contra el régimen constitucional.


Le pregunté de inmediato:

“Agustín, qué sabes de todo lo que está pasando?”

“Nada, nos ha cogido por sorpresa”, me contestó.

Empezaba el ministro a preguntarme si había visto a… cuando salió del pasillo uno de los militares, se acercó a su espalda, le puso el cañón de una gruesa pistola sobre sus costillas, y le ordenó:

“¡¡Señor Sahagún, vuelva usted al escaño!!”.

Era la tarde del 23 de Febrero de 1981, y los que aquella tarde llenábamos el Congreso, habíamos acudido a seguir en directo el debate de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo a la presidencia del gobierno. Sesión que se producía tras la dimisión de Adolfo Suarez, el líder del partido centrista que había dirigido la transición del régimen dictatorial de Franco a la democracia de una Monarquía Parlamentaria.

El ministro de Defensa me miró fijamente, dio media vuelta y bajo amenaza no tuvo más remedio que dirigirse al hemiciclo. El guardia civil que le apuntaba y que siguió vigilándole hasta que regresó a su escaño era Antonio Tejero. El teniente coronel que encabezaba el grupo de golpistas que nos había secuestrado al gobierno en pleno, a los senadores y diputados de las dos cámaras, a los periodistas e invitados.

Su figura con el grueso bigote y el tricornio ya estaba dando la vuelta al mundo. Un cámara de televisión que en el momento de la entrada del grupo de guardia civiles se encontraba delante de nosotros en la tribuna de prensa, en el primer piso, había tenido el instinto periodístico de no apagarla, a pesar de que le conminaron a hacerlo. Hasta que los golpistas lo descubrieron pasaron los minutos suficientes como para que la señal de lo que estaba ocurriendo siguiese llegando al centro producción de Televisión Española.

La primera vez que nos permitieron movernos bajé a los servicios a orinar, y allí coincidí al lado del candidato a la presidencia -y que superado el episodio fue elegido jefe de gobierno- Leopoldo Calvo Sotelo. El baño estaba custodiado por uno de los guardia civiles con un arma larga. Mientras mirábamos a la pared, aproveché para preguntarle a Calvo Sotelo qué me podía decir, y me respondió con laconismo: “no sabemos lo que está pasando”.

Luego a un grupo de periodistas e invitados nos tuvieron tumbados en el suelo boca abajo en lo que me dijeron era el despacho del socialista Pablo Castellanos. Al cabo de varias horas, nos conminaron a abandonar el Congreso. Llamé a mi director de la agencia (Colpisa) que distribuía diariamente mi crónica a un grupo de treinta periódicos en toda España, Manu Leguineche, y le dije que me trasladaba de inmediato a la redacción.

Fue el único artículo en mis treinta y tres años de periodista que no he podido escribir yo solo. Me senté frente a la máquina de escribir y les pedí a Manu y al especialista en temas militares, Kepa Conde Zabala, que me ayudaran a hacerlo. ¿Por qué? Yo sabía lo que había vivido como testigo directo e uno de los lugares, pero desconocía que había ocurrido fuera del Congreso de los Diputados. ¿Qué otros militares apoyaban el golpe? ¿Cual era la situación? ¿La controlaba el Rey?

Una crónica política tiene que apoyarse en una realidad de conjunto, y yo solo conocía una parte. Crucial, pero una parte. Tampoco podíamos esperar más. Hasta en los días de golpe de Estado corre el reloj y los periódicos tienen una hora límite de cierre.

El periodista tiene que contar una realidad verdadera. Sin una realidad objetiva y rigurosa de buena información, no cabe el razonamiento del análisis, las opiniones, y las decisiones.

No se trata solo de decir la verdad, el periodista también tiene que desnudarla. ¿Qué representa desnudar la verdad? Despojarla de todo lo que pueda cubrir los hechos y datos. Para bien y para mal.

Una responsabilidad del periodista para desnudar la verdad es no dejar que otros la oscurezcan. Lo que significa que no son solo los conocimientos personales los que cuentan, sino otras muchas informaciones que ignoramos y que tenemos que hacernos con ellas. Siempre es más lo que ignoramos que lo que sabemos. Siempre son más las pistas e intuiciones falsas que las verdaderas. La película Cortina de humo (Wag the dog) que hicieron Dustin Hoffman y Al Pacino en 1997 revela bien la capacidad y sofisticación existentes para sustituir la realidad verdadera por otra falsa.

Aquel 23 de Febrero sabíamos que había una intentona golpista militar. La estábamos viviendo. La gravedad de los propios hechos nos decía que pasaría algún tiempo hasta que pudiésemos desnudar la verdad. El periodismo es la historia inacabable de desnudar la verdad (de hecho resultaron ser varios los golpes superpuestos del 23-F).

¿Qué hacer o no hacer en esas circunstancias? No hacer caso de ningún rumor no contrastado ni de intoxicaciones interesadas. Verificar todo lo verificable, profundizar en los hechos contrastados, y ser más prudentes que osados.

No comparto la visión de quienes dicen que cada persona tiene su verdad. La experiencia de cada persona hace que su visión e interpretación sean diferentes, aunque se trate de los mismos hechos y los hayan vivido conjuntamente. Pero los hechos responden siempre a una realidad objetiva e incontrovertible. La del 23-F fue que el golpe de Estado contra el régimen constitucional, fracasó.

Antxón Sarasqueta
14/3/06

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