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Autor:  Antxón Sarasqueta  (antxon@sarasqueta.com)
Fecha:  Miércoles 07 de diciembre de 2005
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Una visión global de Estado

La primera mujer elegida jefe de Estado en Africa es una licenciada en la John F. Kennedy School of Government de la Universidad de Harvard. Ellen Johnson-Sirleaf ganó las elecciones de Liberia el mes de Noviembre (22/11/2005), y representa el nuevo icono del gobernante con visión global en una de las áreas más pobres y conflictivas del planeta.


Economista, antigua ministra, activista, exialiada durante muchos años, y encarcelada por defender las libertades, Johnson-Sirleaf ha demostrado que se puede ser africana, madre divorciada de cuatro hijos y abuela de seis nietos, y que no es necesario ser antiamericana para ganar las elecciones con 67 años de edad, y ejercer el poder en un orden global.

En lugar de dar a conocer sus ideas y visión de conjunto y humanista, lo primero que han hecho la mayoría de los medios es encasillar a la nueva presidenta de Liberia como la nueva “dama de hierro”. Sin embargo lo primero que defiende Johnson-Sirleaf es el humanismo y las reformas globales para democratizar su país y África.

Una de las primeras decisiones de Johnson-Sirleaf nada más ganar las elecciones y sin haber tomado posesión, ha sido viajar a Washington para entrevistarse con los responsables del gobierno USA, y otros líderes de las principales instituciones como el presidente del Banco Mundial, Paul Wolfowiz.

Reformas que se adaptan a los cambios globales

Desde hace tiempo yo distingo a dos tipos de políticos, los que tienen una visión global del Estado, y los que están dominados por una visión nacionalista, sectárea, o antiglobalización. Entre estos últimos, en Francia y España se dan casos muy paradigmáticos, desde posiciones ideológicas opuestas.

Pero ¿qué se entiende por una visión global del Estado? Antes se catalogaba a los estadistas por su “visión de Estado”. La diferencia es que hoy esa visión de Estado está supeditada a una visión global de nuestra realidad. Una visión nacionalista del Estado, de un régimen político, o de un partido político, no es global. Porque trata de imponer una ideología doctrinaria y expansionista.

No es casualidad que los proyectos nacionalistas del País Vasco y Cataluña quieran anexionarse no solo Navarra, Valencia o Baleares, sino cambiar unilateralmente el modelo de Estado de España. Sustituyendo el Estado-Nación por una “cosa” denominada Estado plurinacional o nación de naciones.

Como no es casualidad que la Francia de Chirac quiera seguir actuando en la Unión Europea de los 25 países como un “área de influencia” nacional, y no como un nuevo espacio global de influencias diversas, y que tiene que medirse por su capacidad competitiva a nivel mundial.

Pero las imágenes de las calles de Francia ardiendo y con una sublevación de los barrios periféricos y de inmigrantes, ni son únicamente un problema nacional de nuestro país vecino, ni es algo coyuntural. Se trata de la consecuencia lógica de una política antiglobalización o si se quiere de viejo nacionalismo.

No es solo un problema nacional de Francia porque afecta a toda Europa. España acaba de vivir la avalancha de inmigrantes subsaharianos en Ceuta y Melilla, generándose serios problemas de seguridad. Y Tampoco es un problema coyuntural, porque afecta al propio modelo de convivencia de nuestra democracia.

Políticas que chocan con los cambios globales

La visión antiglobalizadora es excluyente. Se excluye a los inmigrantes socialmente, se excluye a los católicos de la política educativa, se excluye a los que hablan español para hacer de a lengua vasca o catalana el idioma dominante. En realidad se apuesta por los privilegios en lugar de por la igualdad y la solidaridad, que son potenciales consustanciales con la realidad de una convivencia global.

Desde la mentalidad antiglobalizadora y totalitaria se utilizan los derechos como un hecho dominante y excluyente. Se esgrimen los “derechos históricos” para suplantar o arrebatar una soberanía compartida con los demás,

La antiglobalización, como el antiliberalismo o el antisemitismo, representan el rechazo y ataque a una realidad existente. Quien tenga la paciencia de leer los 227 artículos del nuevo estatuto de Cataluña que nos pretenden imponer, además del preámbulos y de las muchas disposiciones, tendrá una definición exacta de lo que representa un modelo de antiglobalización en toda su dimensión. Por eso ha sido catalogado de intervencionista, cerrado, excluyente, totalitario. Todo lo contrario de un modelo liberal, abierto, integrador, y competitivo.

A los autores, promotores y defensores de este texto, les parece lo más natural determinar que España es algo diferente a lo que es. No les basta con autodeterminarse, sino que además son ellos los que determinan que España es una nación de naciones. “Cataluña considera que España es un Estado plurinacional”, dice el documento. Esa es su visión de Estado. Algo inexistente, pero es lo que quieren imponer desde sus minorías.

La visión global del Estado está reñida con el nacionalismo, el sectarismo, o con cualquier tipo de privilegios. Como están reñidos los privilegios con la democracia y los derechos humanos. El Estado y la nación son un todo que tienen en la persona la residencia de la soberanía nacional. Los sistemas, las leyes territoriales…están al servicio de las personas, que somos en nosotros mismos una realidad global. La globalización no es una realidad económica, geográfica, tecnológica, es sobre todo una realidad humana (es el ser humano el que asocia todo con todo, y el que se ve afectado por todo).

En un reciente artículo en Nueva Revista su editor, y expresidente del Senado con UCD, Antonio Fontán, aconsejaba sabiamente no meterse en la transformación del modelo de Estado. “Es pronto para manosear demasiado los estatutos de autonomías, que son legislación política de todo el Estado”, escribe Fontán en el número 100 de esa publicación.

El resultado de todo ello es que ni Francia ni el gobierno de José Luís Rodriguez Zapatero son hoy referencia como modelos de una visión global del Estado, sino de todo lo contrario. En el siglo XXI el Estado no se puede proyectar ni desde una visión nacionalista, ni desde una visión periférica. Ambas representan una visión localista y por tanto reducida de lo que es un Estado moderno en su máxima expresión. Creen que su mentalidad localista puede imponerse a lo global. Imposible.

Artículo de Antxón Sarasqueta
publicado en el diario La Gaceta de los Negocios el 8/11/05, y adaptado.

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