¿Qué civilización quieren imponernos quienes reducen a la persona a la condición de hombre-bomba? ¿Debemos permanecer impasibles ante una amenaza así? ¿Se están dando cuenta nuestras sociedades de lo que todo esto significa?
Todavía hay quien se pregunta donde se guardan las armas químicas y donde están las pruebas que vinculan a Sadam Husein con el terrorismo internacional. Es como dudar de lo que estamos viendo.
Las
autoridades iraquíes han informado que el presidente de la república ha condecorado a título póstumo, al suicida que condujo su automóvil lleno de explosivos contra un grupo de militares norteamericanos a los que mató en el acto. Estas acciones continuarán, han dicho. Los hombres bomba fueron exhibidos por el régimen de Irak como una amenaza, durante los desfiles patrióticos, antes de que se iniciase la guerra.
El hombre bomba es una práctica terrorista que viene siendo utilizada por los grupos más extremistas en todo el mundo. Los atentados de Nueva York y Washington que el 11 de Septiembre de 2001 costaron la vida a más de tres mil personas fueron cometidos de esa manera por la organización
Al-Qaeda. Desde hace años las televisiones nos muestran el tratamiento de héroes que reciben los hombres bomba que han sacrificado su vida y la de otros en los atentados integristas palestinos contra la población israelí, en su lucha contra Israel.
El hombre bomba se ha convertido en una figura ritualmente valorada por los grupos terroristas, y las sociedades y los Estados que les apoyan en su guerra contra las democracias occidentales y sus gobiernos. Pero el hombre bomba no es una amenaza solo para la
civilización occidental, sino para cualquier civilización, porque es exactamente la negación de un modelo de civilización.
Alrededor del hombre bomba crece el culto a la violencia y el terror como forma de vida. Da lugar a nuevas generaciones que encuentran en esa forma de vida una aspiración. A modelos de poder totalitarios y tiránicos. La tiranía del más fuerte, que desprecia la vida de los demás. ¿No somos sensibles a todo ello los españoles y europeos que hemos pagado el precio de apoyar y tolerar a estos dictadores?
Un analista norteamericano ha estudiado el paralelismo del papel de los fedayin con Sadam Husein y las SS de Hitler. El modelo es el mismo. Tienen carta blanca para hacer con la población lo que quieran. Les matan, les aterrorizan, le someten a todo tipo de controles y vejaciones. Eso ocurre hoy y está a la vista de todos, porque son los propios testigos los que lo cuentan. Ha ocurrido antes igualmente y por eso la
ONU y su Consejo de Seguridad llevan doce años aprobando resoluciones de condena que Sadam no cumple.
Cuando en algunos medios hablan de propaganda de guerra en relación con todas estas informaciones, creo que no reparan en lo sustantivo: la presencia de un gobierno y un
régimen político que utiliza el hombre bomba y los métodos terroristas como parte de su política. ¿Se necesita alguna propaganda para reaccionar contra semejante evidencia? ¿Quién necesitan métodos propagandísticos para convencerse de que el hombre bomba es una amenaza real y visible? Por esa pendiente se ha deslizado durante algún tiempo la
sociedad española, cuando las
víctimas del terrorismo que salían con vida y los familiares de quienes habían sido asesinados, tenían que esconderse humillados, mientras veían como los héroes del pueblo eran los terroristas. De ahí que el presidente Jose María
Aznar, él también víctima personal del terrorismo, recurra con frecuencia a recordar el desafío humano y democrático que la
sociedad española tiene ante una realidad global de la que participa.
La civilización avanza valorando aspectos tan fundamentales como el respeto a la vida y el desarrollo de la
libertad y la democracia. Precisamente eso hace que dentro de la democracia en nuestras sociedades e instituciones resulten tan intensos los debates sobre la vida. Porque hemos llegado a contar con sociedades opulentas, pero su avance cultural e intelectual no ha progresado igual que en lo económico. La sociedad, sus parlamentos y gobiernos, todavía son capaces de legalizar el
aborto. Por el contrario, no han sido capaces algunas sociedades e instituciones democráticas, como en Estados Unidos, de desterrar la pena de muerte. Hay incluso quien hace de ello un rito y un espectáculo. También hoy en la ciencia y los parlamentos se debate sobre el abuso y manipulación genética de los seres vivos en su estado más embrionario.
Para unas sociedades que debaten democráticamente sobre algo tan fundamental, el hombre bomba como figura política y de un Estado de terror no puede ser algo in
trascendente. Ni dejarnos impasibles.
Artículo de
Antxón Sarasqueta publicado en
La Gaceta de los Negocios el 1 de Abril de 2003